«A fines de los años cincuenta llegó la new thing, que para nosotros fue la liberación de los sonidos. También lo llamaban “free jazz”, por el título del álbum de Ornette Coleman, pero las etiquetas eran cosas de blancos. Criticábamos hasta la palabra “jazz”, para nosotros era “la música”, y punto. Ornette llega a la ciudad con su saxo de plástico, y junto con él, Don Cherry con esa trompeta ridícula, una Conn de 1889 que parece que la hubiera arrollado un tren, los pistones siempre a punto de saltar. Hacía rato que tíos como Cecil Taylor montaban el pollo, pero fue el cuarteto de Ornette en el Five Spot lo que nos destapó los oídos…

Parecía una pelea entre perros, más bien los instantes previos a una pelea entre perros, los puedes oír a la vuelta de la esquina y te imaginas lo que ocurre, los dueños que tiran de las correas y llaman a los perros, y estos que muerden el aire, quieren saltar el uno sobre el otro, se retuercen, gruñen, ladran, babean, y las voces de los dueños regañándolos, haciendo ejercicio con los bíceps, hablan a los perros como si fueran humanos pero en el fondo no se la creen, recitan, en realidad están orgullosos de la fuerza y de los cojones de sus bestias, sonríen bajo el bigote…

Después del cool aparecieron los nuevos boppers, los “duros”, y ellos no tenían problemas, hacían honking, Trane también, aunque había tocado Rhythm & Blues. Los bramidos de Trane barrieron con el jazz de señoritingos en la West Coast, gente como Stan Getz, Shorty Rogers… Para mí ése es el sonido de la Creación. Es primordial. Si Dios existe, tiene que ser un honker viejo estilo, tipo Bull Moose Jackson, Eddie Chamblee, Jim Conley, Wild Bill Moore… Estoy seguro, tiene un traje blanco reluciente y toca un saxo tenor…

Mejor dicho, es probable que lo hagan a posta, que pasen cerca de otro perro cada vez que pueden, para divertirse. Así era la nueva música al principio: el saxo de Ornette y la trompeta de Don Cherry eran los perros, ellos llevaban las riendas de la música pero dejaban que los ladridos la invadieran, la transformaran de punta a rabo. Prestando atención, allí dentro oías el bop, oías a Bird y Diz, Monk y Miles, y más atrás oías a Duke, y Satchmo, y Jelly Roll con toda la Basin Street, y también Buddy Bolden, que nunca nadie lo ha oído tocar, y los spirituals, el gospel de las iglesias baptistas, el blues del Delta, el pacto con el diablo de Robert Johnson, los chorros de saliva de la armónica de Sonny Boy… Aún más atrás y aún más adentro oías la esclavitud, algo quebrado, el último redoble de tambor antes de que tu antepasado fuese capturado y cargado en un barco, oías a los negros cabreados… Claro que estaban cabreados: el escenario del Five Spot estaba justo delante del retrete, casi siempre atascado. Difícil ignorar el tufillo de la mierda, man

El 57, año del “despertar espiritual” de Trane. Miles lo echa del grupo porque iba colocado y colgado todo el tiempo. Trane decide cortar por lo sano: deja de picarse de buenas a primeras, se mete a hacer “pavo frío” en Filadelfia encerrado bajo llave en un cuarto. Luego lleva a su familia a Nueva York, graba con Monk y empieza a tocar con él en el Five Spot. Las primeras noches le cuesta, las pasa moradas, pero poco a poco mejora, mejora aún más y al final, joder… Al final es indescriptible…

Monk era Miguel Ángel, esculpía el aire, quitaba todo lo que no se asemejara a la música que tenía en la cabeza. Esos acordes que no entendías lo que eran, las notas que parecían jugar al escondite y asomaban detrás del piano para sorprenderse mutuamente, y Trane entendía, con los solos completaba las esculturas, hacía despuntar un brazo, una pierna. Como un sonar, las notas rebotaban sobre objetos invisibles y revelaban sus contornos. De noche me perdía en esos espejismos, dormía como mucho tres horas pero estaba en la gloria, me ponía a trabajar y no se me escapaba nada, coño, el mundo pendiendo de un hilo…

En nuestra música había demasiadas cosas para un solo par de oídos. El mar que separa de África, caracola en la oreja y escucharla allí en el fondo, África, y los cats in the street se transforman en leones, panteras, guepardos que se comen el jazz de los blancos, carroña con el cogote desgarrado volcado en la sabana. Cecil Taylor, enorme macaco, machacaba el piano con las cuatro manos. Albert Ayler, tromba de aire que embestía el funeral de Nueva Orleans. Cuando se lanzó Trane los cats fueron detrás y él fue por más, y llevó todo más allá

 

He cambiado de nombre tantas veces. Fui “africano” y “negro”, que en español se entiende pero no en inglés. Luego fui “de color”. En los años veinte volví a ser “negro” pero con mayúscula. “Negro”. Sólo que los blancos no pronunciaban “nee-grow” sino “nigrah“, que sonaba casi como “nigger” y tenía que esperar hasta la segunda sílaba para saber si me estaban insultando. Por otro lado, “nigger” era una deformación de “negro”. ¿Cómo se traduce “nigger” en italiano? “Negro”. ¿Y cómo se traduce “negro”? “Nero”. Pues eso, que es un follón. A mediados de los sesenta me convertí en “black”: “Say it loud, I’m black and I’m proud!” En español siempre había sido de ese color, pero en inglés era distinto. Aceptar lo negro de la piel y del pelo, superar el complejo de inferioridad: “es bello ser black”. Con todo, a veces me llamaba “afroamericano” o “africano americano”. Los blancos no tenían ni idea, cómo tenían que llamarme. Aparte de “nigger”, claro. Tampoco los hermanos, ni siquiera ellos sabían cómo llamarse: los viejos eran “de color”, los de media edad o clase media eran “Negros”, los más jóvenes y militantes eran “blacks” o “afromericanos”. Mientras tanto, entre nosotros seguíamos llamándonos “nigger”, es más, “nigga”, pero no como cuando lo dice un blanco. O mejor dicho, a veces sí y a veces no. Es un follón, hombre, ya te lo he dicho. Hoy hay quien me llama “africano de la diáspora”, o “africano” y punto. Después de cuatrocientos años, el círculo se cierra.

Trane tocaba cada nota de blues como si Dios la llevara en palmas, y pensar que los críticos blancos -y todos los críticos eran blancos- lo definían “anti-jazz”. Junto a Miles ya se había lanzado en las improvisaciones modales, a la Kind of Blue, improvisaban librados de las habituales progresiones de acordes, libres, después Trane formó el cuarteto “clásico”: él al saxo, McCoy Tyner en el piano, Jimmy Garrison al bajo, Elvin Jones en la batería. La mejor máquina musical que jamás haya visto en acción. Al final traspuso las notas, de su saxo salían rebuznos aullidos chillidos mugidos rugidos ladridos, Madre Naturaleza se quitaba de encima la música de los blancos con sus coqueterías de mierda. Nuestra música eran las voces de los babuinos y de los macacos, era un gibón que grita colgado en la rama. El jazz libre

Hola a todos y a todas. Están escuchando una nueva edición de La música es la clave, el programa sobre música con conciencia, sobre música como arma cargada de futuro, sobre música, en definitiva, libre de la CCET Radio, la emisora online del Centro Cultural de España en Tegucigalpa, sonando a través de la url www.ccet-aecid.hn, como cada miércoles, de 3 a 4 de la tarde.

En el programa de esta semana, realizado por un servidor, Adrián Bernal, también hoy a los mandos de la mesa de sonido, repasamos uno de los periodos, aunque breve, más intensos de la historia de la música contemporánea, el free jazz, el jazz libre o, como lo llamaban sus más acérrimos seguidores: The New Thing, la cosa nueva. Esta New Thing, este jazz libre, fue para la población afroamericana de los Estados Unidos el equivalente musical del Black Power en lo político y social: un discurso radical, sin concesiones, en búsqueda franca y total de la libertad de y para un pueblo oprimido durante siglos por el hombre blanco.

Tenemos que comentar que la mayoría de los textos que aliñan este programa no son de cosecha propia, como es habitual, sino que están tomados de la novela New Thing, del colectivo Wu Ming (que siginifica literalmente, “anónimo”), un experimento de autoría colectiva y conocimiento libre nacido en Italia a principios de este siglo XXI y heredero del proyecto Luther Blisset, un personaje múltiple bajo el que se esconden cientos de acciones contraculturales llevadas a cabos por decenas de actores diferentes en todo el mundo, especialmente utilizado en la segunda mitad de los ’90 dentro del contexto del movimiento antiglobalización.

Sin más ni menos arrancamos.

¡Bienvenid@s!


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21 de mayo de 1981. Jamaica entierra a Bob Marley con honores de Estado. En el ataúd, junto a su cuerpo, una Biblia y una guitarra: imagen casi perfecta para describir aquello que Marley intentó expresar a través de sus canciones. Religión y música; fe y resistencia; esperanza y revolución. Al mismo tiempo es también ésta una imagen casi perfecta para entender las contradicciones de una figura que cada día está más cerca del mito que de la realidad; más próxima al profeta redentor que al rude boy, al chico de barrio, que con su talento escapa del gueto y –no es poco– se salva a sí mismo.

Tras un mes que se nos ha hecho eterno, en el dique seco a causa de motivos varios, volvemos de nuevo, por fin, a la acción y regresamos con las baterías más que cargadas el equipo del programa (esto es: un servidor, Adrián Bernal, al micro y al guión, como siempre, y no Andrés Papousek, quien anda ya por los Buenos Aires y a quien echaremos, echamos, muchísimo de menos, no Andrés Papousek, entonces, sino German Barahona, quien a partir de ahorita es el mero mero en la mesa de sonido de La música es la clave y otros programas de la CCET Radio).

El programa de hoy lo dedicamos a repasar las canciones y la figura de uno de los grandes, sin duda, de la historia contemporánea; un artista imprescindible para entender el último medio siglo de música popular y contestataria: Robert Nesta Marley, Bob Marley, de quien el próximo día 11 de mayo se cumplirán 31 años de su muerte. Arrancamos con la rola “Rebel music (3 o’clock roadbloack)”, del disco Natty Dread, de 1975. Pues eso mismo, parafraseando esta canción: música rebelde, en la barricada a las tres. Cada miércoles. Esto es La música es la clave. Y sin más ni menos, arrancamos.

Bob Marley está en la casa.

¡Bienvenid@s!


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«Maleta, la mínima. Cámara, casco y chaleco. El vuelo Madrid-Malta cuesta 80 euros. Más barato que un fin de semana en la playa.

Dos días más tarde aterrizamos en La Valeta con ese número de teléfono y la garantía de que la recomendación que llevo bajo el brazo nos asegura, al fotógrafo Ricardo García Vilanova y a mí, una plaza en un barco con destino a la ciudad sitiada.

Esperamos una semana rodeados de mochileros frente al Mar Mediterráneo. El hostal, barato, a 10 euros por noche. Pese a las miradas furtivas y las conversaciones irónicas y siempre entrecortadas con un par de turistas suecas vecinas de habitación con las que compartimos varios desayunos, nuestra fijación por las noticias de Al Jazeera puede más que la posibiidad de descocarse. Caen pizzas y cervezas, y dejamos pasar los días domesticando la ansiedad mientras caminamos por la ciudad con el ordeandor bajo el brazo, buscando cafés con wifi en los que engancharnos durante horas a cualquier información que salga de Misrata. Al Twitter rebelde o al Facebook de algunos fotógrafos y periodistas como André Lion y Alberto Pradilla, que duremen en el hospital de la ciudad y cuentan, en 140 caracteres o a través de lacónicas actualizaciones, el horror en el que viven. Del que casi todos, a estas alturas, esperan salir cuanto antes. Ni quieren oír hablar de alargar su estancia para encontrarse con nosotros. El mismo barco que nos meta a nosotros en la ciudad les sacará a ellos. Somos el relevo.»

Hola a todos y a todas. En este miércoles 28 de marzo, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y canciones de trinchera que es La música es la clave, esto es, Adrián Bernal, al guión y al micro, y Andrés Papousek, en los controles, tenemos la suerte de contar en el estudio con la presencia del periodista Alberto Arce, autor, entre otras cosas, de To shoot an elephant, el documental sobre la operación Plomo Fundido, los bombardeos sobre la Franja de Gaza por parte del ejército israelí durante enero del año 2009 (que proyectamos esta semana en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa dentro del Ciclo de Cine Creative Commons), o Misrata calling, libro sobre sus experiencias como freelance y periodista empotrado con los rebeldes durante la reciente Guerra de Libia, y con el que abrimos el programa de hoy.

Así que, sin más ni menos, arrancamos.

¡Bienvenidxs!


Escucha el programa en el reproductor que está justo arriba de estas líneas o descárgatelo aquí (botón derecho sobre el enlace y “guardar enlace como”).

Hay quienes, para ser escuchados, callan.

Hay quienes, para ser vistos, se tapan la cara.

Hay quienes, para ser nombrados, renuncian al nombre.

Hay quienes, para llegar lo antes posible a destino, caminan a paso de caracol.

Esta historia comienza el día de Año Nuevo de 1994, en el sureste de México. En ese 1 de enero entra en vigor el llamado Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o NAFTA, por sus siglas en inglés, que relaciona económicamente a Estados Unidos, Canadá y México. Como todos los Tratados de Libre Comercio de la historia, éste, el de la nuestra, está afectado por un pequeño problema: de libre tiene poco. O al menos no es libre en todas las direcciones. Como casi siempre, la libertad se ejerce, básicamente, desde arriba hacia abajo. En otras, palabras, este Tratado de Libre Comercio de América del Norte da libertad a los países ricos para hacerse más ricos, mientras empobrece todavía más a los pobres, perpetuando, aunque con flamantes nombres nuevos, unas relaciones de desigualdad que, al menos en esta parte del mundo, existen desde cinco siglos atrás. Cinco siglos que los indios americanos –que ni eran indios ni se llamaban así mismos americanos, antes de la llegada de los europeos- denominan “la larga noche”. Y para acabar con la noche, ya hemos hablado de esto en varias ocasiones, hacen falta chispas.

La chispa de esta historia no es nueva ni reciente; la llama de esta historia no se apagó, continuó viva, durante años y años, pero, por empezar en algún momento, digamos que esta chispa prende el mismo día que entra en vigor el Tratado de Libre Comercio; ese mismo 1 de enero de 1994, en la región mexicana de Chiapas, en el sur del sur de esa América del Norte. Un grupo de indígenas se alzan en armas contra el ejército mexicano, contra el NAFTA y contra todos esos siglos de pobreza, de desprecio, de invisibilidad. Y para ser visibles, ocultan su rostro; para ser nombrados, renuncian a sus nombres. Todos somos Marcos, dicen. Todas somos Ramona. Para todos todo. Tras semanas de escaramuzas con el ejército mexicano, la lucha armada irá dando paso a nuevas formas políticas, a un nuevo zapatismo que, desde las reivindicaciones de siempre, y a pesar de todos sus fracasos, ha sabido construir nuevos espacios, físicos pero también simbólicos, nuevas realidades y posibilidades en un mundo cada vez más gris y con menos alternativas. Nuevos sueños para soñar, y nuevas músicas para tocar.

 

Casi un siglo después de su muerte, quién lo iba a decir, Zapata seguía vivo, en la selva.

En el programa de esta semana, los perpetradores de este proyecto de agitación mental e insurgencia sonora que es La música es la clave, esto es: Adrián Bernal, al guión y al micro, y Andrés Papousek, en la mesa de mezclas, viajamos, como sólo la radio permite viajar, hasta el departamento mexicano de Chiapas para ponerle banda sonora a uno de los movimientos fundamentales para entender las luchas sociales que han tenido  lugar durante las últimas décadas: el zapatismo, movimiento que si bien en sus orígenes comenzó aproximándose, al menos en forma, a la tradición marcada por las guerrillas latinoamericanas que fueron apareciendo a lo largo del siglo XX, pronto se destapó como un proceso nuevo, como una nueva manera de reescribir la utopía a partir de unas reivindicaciones históricas negadas por el poder durante siglos a sangre y fuego. Mucho más cercano a los movimientos sociales que a la lucha armada, el neozapatismo, que arranca con el levantamiento del EZLN, Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, el 1 de enero de 1994, marcó el comienzo de una serie de protestas y movilizaciones en todo el mundo que, contra la globalización de la economía, abogaban por la globalización de las resistencias, mezclando lo local con lo internacional, recuperando lo social como eje de lo político y amalgamando sensibilidades como nadie hacía desde los movimientos revolucionarios de los años ’60 y ’70.

Así que sin más ni menos arrancamos.

¡Bienvenidxs!


Todo incendio comienza con una chispa. No necesariamente toda chispa acaba en incendio, cierto. Pero algunas chispas sí se convierten en llamas, pasan a ser fuegos y resultan, finalmente, incendios.

La chispa que enciende esta historia salta en la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos, el 25 de marzo de 1911, hace ya más de un siglo. Esa chispa, sin duda, fue finalmente incendio. Y es que hay incendios difíciles de apagar. Algunos incendios son accidentales, otros provocados. Algunos incendios arden en sentido figurado, en otros el fuego no tiene nada de metafórico, otras veces lo literal y lo literario van de la mano. Esos son los que más calor dan.

En los incendios a veces se queman cosas, otras veces edificios -como el mercado de Comayagüela, por ejemplo-, otras veces se queman personas, éstas últimas casi siempre víctimas -como en el penal de Comayagua el pasado febrero-; pero también a veces las personas son verdugos de ellos mismos, en un desesperado y último acto de dignidad, como los monjes bonzo, prendidos en llamas, prendidos en llamas y aún así aguantando la postura del loto hasta prácticamente desaparecer en el fuego, en sus protestas contra la invasión de los USA en la guerra del Vietnam; o como Mohamed Bouazizi, el joven tunecino que se inmoló a finales de 2010 como forma de protesta contra la dictadura en su país, contra la falta de oportunidades, contra la violencia cotidiana de la policía y el estado, y con su muerte encendió la primavera, la árabe y la de otras partes, e incendió la rabia de todo su pueblo, rabia que, como la pólvora, recorrió el norte de África, Oriente Medio, Europa, América, el mundo…

No es esta historia un intento de reivindicar el sufrimiento o el martirio de nadie, ni mucho menos. Es tan sólo una reflexión sobre cómo, a veces, las cosas necesitan, para bien o para mal, tanta luz para salir de la oscuridad que arrasan con todo a su paso. Pero eso no es más que la chispa, en realidad. Lo que dure la luz, lo que dure la llama, dependerá de lo que hagamos a continuación del incendio; dependerá de si lo dejamos morir o de si lo avivamos para que incinere toda injusticia, toda desigualdad, toda falta de libertad.

En el caso del incendio que nos ocupa, este incendio del 25 de marzo de 1911 en Nueva York, también se incendiaron varias cosas al mismo tiempo: se quemó un edificio, una fábrica de camisas, en concreto, y en ese incendio murieron 146 trabajadoras, la mayoría jóvenes, la mayoría inmigrantes, la mayoría pobres. Todas mujeres. En un momento de incipiente pero ya intensa lucha de las mujeres por sus derechos este incendio fue la chispa que alimentó el fuego durante más de un siglo de caminar tras la igualdad, la justicia y la libertad. Luego vendrían más chispas, más fuegos, más incendios. Con este texto intentamos humildemente realizar un más que merecido homenaje a las mujeres que encendieron el fuego, y a las que mantienen la llama encendida. Llama que hasta día de hoy sigue viva, por mucho que haya quien la quiera apagar.

 

En el programa de esta semana, emitido en vivo y en directo no desde el estudio sino desde el mero Centro Cultural de España en Tegucigalpa -como es habitual cada primer miércoles de mes-, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y boicot sonoro a las buenas costumbres, lo políticamente correcto y, en general, las palabras amables que es La música es la clave, esto es, Adrián Bernal, al guión, el micro y los cócteles molotov en formato audio que son las rolas que pinchamos; y Andrés Papousek, en la parte técnica, controlando el fuego, manejando la mesa de mezclas como si fuera el carro de Mel Gibson en Mad Max, como los bomberos de Fahrenheit 451, dedicándonos a avivar, a través de la música, cualquier incendio que implique ser y sentirnos un poco más libres cada día, tenemos el enorme placer de contar en la CCET Radio con la presencia de una de las voces más potentes, por su forma de cantar y por su discurso, de estas Honduras, Karla Lara, con quien platicamos sobre música y luchas sociales.

Así que, sin más ni menos, arrancamos con el incendio de hoy.


¡Bienvenidas!

Se murió Spinetta ¿sabés? De un cáncer. De pulmón, creo. A principios de febrero. 62 años, tenía. No es que fuera un chaval pero, che, siempre se van los mejores… Todavía le quedarían canciones entre las cejas, estoy seguro. Hoy en día con 62 años ya no es uno tan mayor, casi se puede decir que es una edad de oro para un músico, para un intelectual, como era él… En fin, qué lástima, siempre se van los mejores… Ya se podía haber muerto cualquier otro, no sé, Menem, por ejemplo, en vez del Flaco, digo yo… Míralo, tendrá ya más de 80 años el viejo y ahí sigue, haciendo política, o lo que sea que haga… Ya se podía haber muerto él, en vez de Spinetta…

 

Qué relación de ideas más rara hice, ahora que lo pienso ¿no? Quiero decir, no sé por qué he pasado del Flaco a Menem, la verdad… Del rock a la política… Qué tendrá que ver… Me parece que soy yo el que ya está un poco viejo… Al final será verdad que los años pasan, y pesan, ya lo creo… Aunque, por otro lado, tal vez no sea tan raro, ¿no? Pasar de Spinetta a Menem, digo. Del rock a la política. El rock fue un poco una forma de hacer política, durante todos aquellos años. Había pocas más. Antes de Menem, con las dictaduras militares, las Juntas, todo eso, me refiero. El rock fue nuestra forma de soñar, de sacarle luz al gris en el que vivíamos ¿verdad? Qué buenas bandas. Qué buenos toques. ¿Te acordás? Sui Generis, Almendra, Pescado Rabioso, Los Abuelos de la Nada, Serú Girán, Gieco, García… Parecía que, a pesar de todo, se podían cambiar las cosas, ¿verdad? Que nosotros podíamos cambiar las cosas, a pesar de los tiempos que corrían, que se podía salir de aquella mediocridad, que había algo, al otro lado, que merecía la pena. Y los ’80, a pesar de la guerra, a pesar de todo ¿recordás la intensidad de los ’80? Todo era nuevo. Sobre todo la música. Sin duda la música era política, entonces, me doy cuenta ahora. Hacía tiempo que no pensaba en eso, pero ahora, con los años, lo veo más claro. Parecía que podíamos cambiar las cosas, ya lo creo. Y al final cambiaron, ¿verdad? Al final lo logramos…

¿Cómo? Ehhh, sí, en realidad tenés razón… Al final las cosas cambiaron, pero poco tiempo. Sí, ahora que lo pienso, lo cierto es que nos mintieron, nos engañaron. Del todo. Y no sólo gente como Menem, ¿verdad? Aunque al principio puede que le doliera a algunos, tal vez esperaban otra cosa de él, tal vez se creyeron el cuento; pero en cierta forma a Menem se le veía venir, aunque lo del indulto fue terrible. Lo del indulto fue terrible, sí, pero le reeligieron, ¿verdad? De qué nos vamos a quejar después, si a Menem lo reeligieron, lo reelegimos. No, yo no le voté, es una forma de hablar. Pero, bueno, a Menem se le veía venir, al menos yo siempre pensé eso. Pero antes de él, con Alfonsín, ¿acaso Alfonsín no nos engañó, también? Sí, se engañó a sí mismo, puede ser. Pero sobre todo nos engaño a nosotros. La verdad, nos han engañado siempre, creo. Todos. Y así nos va. Sí, ahora estamos mejor que hace diez años, eso seguro, no te lo voy a negar. Pero ¿por cuánto tiempo? Yo ya no me creo nada, si te soy sincero, ya estoy viejo para pendejadas. Ahora nos va mejor, sí, pero ¿cuánto tardaremos en tener otro Corralito? Bueno, igual exagero, puede ser, no sabría decirte, pero mira la crisis actual. No sé, no sé…

Hablando del Corralito, ¿te acordás de lo que se gritaba en las manifestaciones, entonces? El pueblo no se va, gritaba la gente, a pesar de las cargas y los disparos de la policía. El pueblo no se va. Qué lindo, ¿verdad? El pueblo no se va, que se vayan ellos, decían, decíamos. Sí, estuve en alguna que otra pero, vamos, ya te digo, es una forma de hablar, la costumbre… Que se vayan todos. Creo que esa frase resume a la perfección la historia reciente de este país ¿sabés? Puede que la historia de todos los países. Que se vayan todos. Ya lo creo.

 

Sí, que se vayan todos. Y no regresen. Que se vayan todos.

Pero que nos devuelvan a Spinetta, carajo


Hola a todas y a todos. Después de zambullirnos la semana pasada en la música del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y guerrilla sonora que es La música es la clave, esto es: un servidor, el Camarada Bernal, combatiendo cuerpo a cuerpo al guión y al micrófono, y el Subcomandante Papousek, responsable de artillería y de mesas de mezclas, se complacen en regresar a la Pampa para retomar el monográfico que comenzamos allá por el mes de enero sobre rock argentino.

Así que, sin más ni menos, retomamos esta historia aproximadamente donde la dejamos.

¡Bienvenidxs!

Esta historia comienza en un autobús, en 1955. Probablemente comience mucho antes, en algún otro lugar. Tal vez en un campo de algodón. O quizás en un barco que cruza el océano. Antes de eso, incluso. Es complicado, en realidad, decir cuándo, o dónde, comienza esta historia. Así que pongamos, por tener un punto de partida, que comienza en un autobús, en 1955.

Es 1 de diciembre, eso sí lo sabemos con certeza, y de todos los pasajeros de este autobús nos fijamos en una señora que viaja sentada. Más de una señora viaja sentada, seguro, pero a nosotros ahora no nos interesan las demás, sino ésta en concreto, que viaja sentada, cansada después de una larga jornada de trabajo, por ejemplo. Tampoco importa demasiado si la señora en cuestión está cansada o no, si viene de trabajar o de algún otro sitio. Esos detalles no cambian nada, después de todo. Lo que sí importa es que estamos en 1955, y que alguien, tal vez otro pasajero, o el conductor, o el revisor, si es que en este autobús de 1955 alguien se encarga de revisar los boletos -no podemos estar seguros de eso pero supongamos que sí, no es un dato importante para lo que nos ocupa, así que, entonces, el revisor-, se acerca a esta señora y le dice que debe ceder su asiento a otra persona. Es 1 de diciembre de 1955 y estamos en Montgomery, Alabama, Estados Unidos. La señora se llama Rosa Parks, y es negra, y le dicen que debe ceder su asiento a otra persona porque en Montgomery, Alabama, en 1955, entre otras cosas, los negros ceden el asiento del autobús a los blancos.

Tal vez Rosa Parks está cansada después de una larga jornada de trabajo, tal vez está cansada de vivir en una sociedad donde una señora negra, por el simple hecho de ser negra, debe ceder su asiento de autobús a cualquier persona blanca, por el simple hecho de ser blanca. O tal vez no está cansada, Rosa Parks. Al menos no más cansada que otros días. Tal vez hasta está más alegre de lo normal, antes de que el revisor le diga que tiene que viajar parada para que un blanco o una blanca viaje sentado. Quiero decir, nos da igual, para contar esta historia, el por qué Rosa Parks hace lo que va a hacer. Puede, incluso, que cualquier otro día las cosas hubieran sido diferentes, que Rosa Parks se hubiera levantado del asiento sin rechistar, o apenas protestando un poco, pero levantándose finalmente, triste, resignada, ofendida. Pero eso nunca lo podremos saber. Ni nos importa.

Lo que sí nos importa es que estamos en Montgomery, Alabama, Estados Unidos, en diciembre de 1955, y que una persona se acerca a Rosa Parks y le dice que debe ceder su asiento del autobús a un pasajero blanco. Lo que sí nos importa es que Rosa Parks, por el motivo que sea, ante el asombro del resto de pasajeros, blancos y negros, dice no. Rosa Parks dice no, esa es la clave de todo este asunto, y ese no es una chispa que se convertirá en llama, en fuego, en incendio, en largo y cálido verano. Una chispa que se extiende desde Montgomery, Alabama, a cada rincón de unos Estados Unidos donde la segregación racial es violencia cotidiana, aceptada, políticamente correcta. Una chispa que algunos intentarán apagar con odio y con muerte, en ocasiones casi hasta hacerla desaparecer, pero una chispa, al fin y al cabo. Y, a veces, una chispa es más que suficiente para acabar con la oscuridad.

Y nunca, nunca antes en la historia de la humanidad, la revolución sonó tan dulce como entonces…

Después de unas semanas de intensa actividad y muchísima música en vivo, con la presencia de algunas de las bandas más interesantes y más en forma de la capital, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y desobediencia musical -esto es, Adrián Bernal, la voz que les habla, voz negra, de corazón, y orgullosa, y Andrés Papousek, padrino del soul y de las mesas de mezclas- vuelven a la soledad del monográfico para echar una mirada a la música del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, a la banda sonora de las luchas y los sueños de libertad de la población afroamericana de los USA durante gran parte del siglo XX.

¡Bienvenidxs!


La conocí tal día como hoy, un 15 de febrero, hace ¿cuánto? ¿16? ¿17 años? Ya ni me acuerdo… Pero fue un 15 de febrero, de eso no tengo la menor duda. Un 15. No un 14, como suele festejar el resto del mundo el amor. Por eso me acuerdo con tanta claridad. Fue un 15, no un 14 como han puesto de moda los moles y las transnacionales. No, no un 14. Un 14 habría tenido cierta gracia, lo reconozco, pero, la verdad, poco tiene que ver lo que yo siento con esas muestras de afecto que se hacen las parejas de enamorados cada 14 de febrero. Enamorados, qué terrible palabra. Poco tiene que ver lo que yo siento con flores, con joyas, con cenas en restaurantes caros. Poco tiene que ver lo que yo siento con tarjetas, con abrazos, con sonrisas cariñosas, con palabras amables que intentan borrar en un día la mediocridad de todo un año, de toda una vida. Poco tiene que ver lo que yo siento con esto. Lo que yo siento sólo se puede explicar desde el estómago y la garganta; desde algún lugar muy adentro de uno donde la rabia y el amor son lo mismo; desde algún lugar donde las cosas no tienen ni nombre, ni forma, sino que se sienten, se intuyen, se escuchan. Se cortan como con un cuchillo.

Ya les digo, yo, a mi gran amor, lo conocí tal día como hoy, un 15 de febrero, hace no sé cuántos años. Pero no se crean, aunque lo recordemos no solemos celebrarlo. No es ésta para nosotros una fecha señalada,  no es un motivo especial. Al menos no más que el resto de días del año. Para nosotros, para ella y para mí, todos los días son el primero. Para nosotros, todas las noches, la última.

Yo era muy joven cuando la conocí. Ella no tanto, aunque nadie lo diría al mirarla. Me quedaría corto si les cuento que me cautivó desde la primera vez, pero, ya les digo, más que mirarla la sentí, la escuché. El sonido de su voz me atravesó como un rayo. Supe, desde ese primer momento, que no habría ya para mí vuelta atrás, tregua, descanso. Clemencia. Supe, desde ese primer momento, que estaba condenado. A vivir.

Empezamos a quedar a escondidas, a espaldas de mis padres, a espaldas de todo el mundo, por eso del qué dirán: en parques solitarios, cuando caía la tarde; en la sección de discos de los centros comerciales; en antros tan de mala muerte que ni se molestaban en preguntar mi edad; en mi habitación, cuando no había nadie en mi casa. Y en cuanto ella se iba, cuando ella no estaba, yo me empezaba a morir por dentro.

No usaré frases tan ridículas como hacer el amor para describir lo nuestro, para describir lo que pasaba cuando estábamos juntos. Tormentas eléctricas, relámpagos, huracanes, tal vez. Emboscadas, peleas, batallas, guerras, probablemente. Montañas, acantilados, abismos, seguro. Aullidos, luz cegadora, oscuridad. La noche sin fin. Ni así consigo acercarme…

Todo se fundió a negro, por aquel entonces. Pasaba el tiempo, pero nuestra pasión no menguaba, al contrario, se volvía cada vez más acaparadora, cada vez más excesiva. No había nadie más, no había nada más que ella. Ni unos estudios que ignoraba, ni unos primeros trabajos que no me duraban más que semanas. Ni una familia que no me entendía. Ni amigos. Ni nada. Sólo estar con ella. Sólo estar dentro de ella. En cualquier lado. En todos lados. A todas horas. En la mesa de la cocina; en la calle, en la playa, en cualquier bar, en el probador de alguna tienda, en el autobús, en la universidad… Solos ella y yo; los días y las noches.

Intenté abandonarla alguna vez, en alguno de mis escasos momentos de cordura. Llevar una vida corriente, ser una persona decente, como quien dice. Tal vez un trabajo de oficina, de esos de saco y corbata; ser un padre de familia respetable; ir a misa los domingos, incluso; ver el partido en la tele con los aleros. Pero siempre volvía a ella, como un drogadito, como un yonqui. Siempre. Era parte de mí, casi mi naturaleza. Y ella nunca me lo echaba en cara. Me perdonaba cada vez. Me perdonaba siempre.

Y es que, ya se lo he dicho, desde el mismo día que la conocí supe que en esto no habría para mí vuelta atrás. No habría tregua ni descanso. No habría clemencia. Ni se daría, ni se pediría. No habría olvido posible, ni escapatoria, sino era a costa de perderme a mí mismo, de traicionarme, de renunciar a todo aquello que me convierte, precisamente, para bien o para mal, en lo que soy.

Y es que, ya se lo he dicho, desde el mismo día que la conocí yo no he podido, en ningún momento, dejar de amar… la música.

Hola a todos y a todas. Están escuchando una nueva edición de La música es la clave, el programa sobre música con conciencia, sobre música como arma cargada de futuro, de la CCET Radio, la emisora online del Centro Cultural de España en Tegucigalpa, sonando este miércoles 15 de febrero, Día de No San Valentín, de 3 a 4 de la tarde. Les saludan los perpetradores de este proyecto de agitación mental y desobediencia afectiva que es La música es la clave, esto es: Andrés Papousek en los controles y Adrián Bernal al guión y al micro, quienes se complacen enormemente, incluso podríamos decir que estamos emocionados, si es que nosotros pudiéramos tener emoción alguna, de tener en el estudio a la principal, y probablemente única, banda de psycofolk, de la escena musical hondureña. Sí, han vuelto y sí, están acá. Simón!

¡Bienvenidxs!


Escuché eso de que Robert Johnson había muerto como a principios del otoño del ’38, creo… En realidad, había escuchado tantas veces que Robert Johnson había muerto que ya ni prestaba atención a los rumores ¿sabe?: enfermo de los pulmones, o por la sífilis, o en una pelea de bar… Siempre lo mismo, y siempre acababa apareciendo, tarde o temprano, vivito y coleando, como se suele decir… Pero parecía que aquella vez, la del otoño del ’38, iba en serio…

Me lo contó Sonny Boy Williamson. Él tocó con Robert aquella noche en aquel tugurio cerca de Greenwood, Misisipi. Alguien hizo llegar a los músicos una botella abierta. Nunca hay que beber de una botella abierta, ¿sabe? Puede llevar cualquier cosa. Así que Sonny Boy se la quitó de las manos a Robert y la estrelló contra el suelo. “Como vuelvas a hacer eso te mato”, le dijo Robert a Sonny, y cuando llegó la segunda botella, claro, nadie impidió que se la bebiera.

Robert se empezó a encontrar mal a mitad del concierto, me contó Sonny Boy. Parece que el maldito dueño del local le había echado estricticina al whisky. No hay nada peor que un marido celoso, y Robert no se cortaba un pelo coqueteando con las mujeres de otros ¿sabe? Robert ni siquiera acabó la actuación, se marchó del local, aunque no tardaron en encontrarle en mitad de la calle, inconsciente. Aún así, el veneno no le mató, pero parece que sí lo hizo una neumonía que agarró poco después, cuando todavía estaba casi sin fuerzas.

Eso es lo que me contó Sonny Boy Williamson, señor. Así me enteré de que Robert Johnson había muerto en algún lugar cerca de Greenwood, en agosto del ‘38, con apenas 27 años…

Pero, la verdad, yo tengo mis dudas… ¿Tiene un cigarrillo? ¿No? Lástima…

Yo acompañé a Robert Johnson hasta aquel cruce de caminos ¿sabe? Me quedé atrás, mientras él hablaba con aquel hombre vestido de azul. Sé que es difícil de creer, con todo lo que se ha escrito después sobre Robert y todo eso, y que no se sepa algo así, ¿verdad? Pero nunca se lo dije a nadie. Tampoco nadie me hubiera creído. Pero me hago viejo, y creo que empiezo a comprender las cosas. Yo se lo cuento. Usted verá qué hace con todo esto…

 

Yo acompañé a Robert Johnson aquella noche, le digo. No alcancé a oír lo que hablaba con el hombre de azul, pero le escuché cantar después, casi aullando a la luna, cuando el otro ya se había ido. No sé si vendió su alma al diablo, como cuentan que hizo. Yo al menos sí lo hubiera hecho, vender el alma al diablo, digo, a cambio de cantar y tocar así. Pero yo no creo en el diablo ¿sabe? Como aquel viejo loco de Son House, que dejó el blues y se escondió durante treinta años, por miedo a que la muerte fuera a por él por tocar música prohibida. No. Yo no creo en el diablo. Creo que el diablo somos nosotros mismos. No sé quién era el tipo de azul, ni qué hablaron aquella noche, pero, en todo caso, si Robert Johnson perdió su alma no fue por venderla al diablo. Se la dio al blues. En mano. Y no pidió nada a cambio. Creo que eso es lo que provocaba ese escalofrío al escucharle. Había cruzado la línea. Él mismo se había hecho blues. Y cómo va a morir el blues.

El blues es sobrevivir a la muerte ¿sabe? Es cantar desde un pozo sin fondo. Agarrarse a las canciones como si te fuera la vida en ello. Y a veces te va. El blues, señor, es un barco de esclavos cruzando el océano; un campo de algodón en Alabama; los amigos colgando de los árboles allá en el sur. El blues es una jornada de trabajo tras otra en las fábricas de Chicago o Detroit; un gueto en Los Ángeles o en Nueva York; las palizas de la policía; el crack en los barrios más pobres del país más rico del mundo. El blues, señor, es resistir; apretar los dientes; dejar de ser esclavo. El blues es que la música siga sonando aunque al día siguiente se acabe el mundo. Incluso aunque el mundo se acabe hoy mismo. Cómo va a morir el blues, si el blues es caminar; si el blues es ser libre al fin; si el blues es luz en la oscuridad. Cómo va a morir el blues, señor, si el blues no es otra cosa que vivir…

Yo he visto a Robert Johnson ¿sabe? No soy más que un viejo músico de blues. Tal vez demasiado viejo. Tal vez haya tomado demasiado durante una vida demasiado dura. Tal vez al final también me haya vuelto loco, como Son House, como tantos otros… Pero yo he visto a Robert Johnson. Quiero decir, después de 1938. Varias veces: tocando en algún bar de mala muerte; o de polizón en algún tren hacia ninguna parte; o vagabundeando por las calles de pueblos cuyos nombres ya ni recuerdo… Estaba cambiado, casi irreconocible, pero era él, ¿sabe? Lo supe por sus ojos. Y cuando comenzaba a cantar. Entonces no había duda posible. Él me reconoció, por supuesto, mirándome con esa sonrisa que siempre tuvo, esa expresión suya de estar más allá de todo, de ser indestructible.

Se lo conté a algunos de los chicos, pero nunca me hicieron mucho caso, se reían con una risita nerviosa, o cambiaban de tema, o se enfurecían conmigo… Hasta me dejaron de llamar para los conciertos, así que dejé de decir que había visto a Robert Johnson, y todos se calmaron, pero en el fondo creo que ellos también lo sabían, que siempre lo supieron, pero les daba miedo, o vergüenza, porque no quisieron o no pudieron cruzar la línea, no pudieron llegar hasta donde él había llegado… Y ¿sabe? cuando les decía que había visto a Robert Johnson la mayoría ponía la misma cara de pánico que usted tiene ahora…

Pero no me haga mucho caso… No soy más que un viejo músico de blues, y ya no sé ni qué me digo…  ¿Me invitaría a otro trago? Gracias.

Y volviendo a su pregunta, sí, escuché eso de que Robert Johnson había muerto allá por otoño del ‘38.  Pero, sinceramente, tengo mis dudas…

En este miércoles 8 de febrero los perpetradores de este proyecto de agitación mental que es La música es la clave, esto es, Andrés Papousek en la parte técnica y un servidor, Adrián Bernal, al guión y al micrófono, nos encontramos livianos y felices ambos por una reciente venta de nuestras respectivas almas a un señor vestido de azul que casualmente pasaba por la Cuarta Pared del Centro Cultural de España en Tegucigalpa (a cambio de favores varios que no vienen al caso…), y, sobre todo, estamos livianos y felices por contar en el estudio de la CCET Radio con la presencia de otra panda de desalmados: Memo Rosales, a la guitarra; Foncho Ramos, al bajo; y Aarón Escoto a la batería. Royal Blues.

¡Bienvenid@s!


En el programa de esta semana, retransmitido en vivo y en directo no desde el estudio, como es habitual, sino desde el mero Centro Cultural de España en Tegucigalpa, como hacemos cada primer miércoles de mes, los perpetradores de este proyecto de agitación mental que es La música es la clave, a saber: Andrés Papousek, a los mandos, y un servidor, Adrián Bernal, al micro y al guión, tenemos el placer de contar con la presencia de los músicos Nelsón Pavón y Yankel Dickerman, con quienes platicaremos durante esta hora y que, además, nos interpretarán en vivo algunas de sus composiciones.

¡Bienvenidxs!