Archivos para febrero, 2012

Esta historia comienza en un autobús, en 1955. Probablemente comience mucho antes, en algún otro lugar. Tal vez en un campo de algodón. O quizás en un barco que cruza el océano. Antes de eso, incluso. Es complicado, en realidad, decir cuándo, o dónde, comienza esta historia. Así que pongamos, por tener un punto de partida, que comienza en un autobús, en 1955.

Es 1 de diciembre, eso sí lo sabemos con certeza, y de todos los pasajeros de este autobús nos fijamos en una señora que viaja sentada. Más de una señora viaja sentada, seguro, pero a nosotros ahora no nos interesan las demás, sino ésta en concreto, que viaja sentada, cansada después de una larga jornada de trabajo, por ejemplo. Tampoco importa demasiado si la señora en cuestión está cansada o no, si viene de trabajar o de algún otro sitio. Esos detalles no cambian nada, después de todo. Lo que sí importa es que estamos en 1955, y que alguien, tal vez otro pasajero, o el conductor, o el revisor, si es que en este autobús de 1955 alguien se encarga de revisar los boletos -no podemos estar seguros de eso pero supongamos que sí, no es un dato importante para lo que nos ocupa, así que, entonces, el revisor-, se acerca a esta señora y le dice que debe ceder su asiento a otra persona. Es 1 de diciembre de 1955 y estamos en Montgomery, Alabama, Estados Unidos. La señora se llama Rosa Parks, y es negra, y le dicen que debe ceder su asiento a otra persona porque en Montgomery, Alabama, en 1955, entre otras cosas, los negros ceden el asiento del autobús a los blancos.

Tal vez Rosa Parks está cansada después de una larga jornada de trabajo, tal vez está cansada de vivir en una sociedad donde una señora negra, por el simple hecho de ser negra, debe ceder su asiento de autobús a cualquier persona blanca, por el simple hecho de ser blanca. O tal vez no está cansada, Rosa Parks. Al menos no más cansada que otros días. Tal vez hasta está más alegre de lo normal, antes de que el revisor le diga que tiene que viajar parada para que un blanco o una blanca viaje sentado. Quiero decir, nos da igual, para contar esta historia, el por qué Rosa Parks hace lo que va a hacer. Puede, incluso, que cualquier otro día las cosas hubieran sido diferentes, que Rosa Parks se hubiera levantado del asiento sin rechistar, o apenas protestando un poco, pero levantándose finalmente, triste, resignada, ofendida. Pero eso nunca lo podremos saber. Ni nos importa.

Lo que sí nos importa es que estamos en Montgomery, Alabama, Estados Unidos, en diciembre de 1955, y que una persona se acerca a Rosa Parks y le dice que debe ceder su asiento del autobús a un pasajero blanco. Lo que sí nos importa es que Rosa Parks, por el motivo que sea, ante el asombro del resto de pasajeros, blancos y negros, dice no. Rosa Parks dice no, esa es la clave de todo este asunto, y ese no es una chispa que se convertirá en llama, en fuego, en incendio, en largo y cálido verano. Una chispa que se extiende desde Montgomery, Alabama, a cada rincón de unos Estados Unidos donde la segregación racial es violencia cotidiana, aceptada, políticamente correcta. Una chispa que algunos intentarán apagar con odio y con muerte, en ocasiones casi hasta hacerla desaparecer, pero una chispa, al fin y al cabo. Y, a veces, una chispa es más que suficiente para acabar con la oscuridad.

Y nunca, nunca antes en la historia de la humanidad, la revolución sonó tan dulce como entonces…

Después de unas semanas de intensa actividad y muchísima música en vivo, con la presencia de algunas de las bandas más interesantes y más en forma de la capital, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y desobediencia musical -esto es, Adrián Bernal, la voz que les habla, voz negra, de corazón, y orgullosa, y Andrés Papousek, padrino del soul y de las mesas de mezclas- vuelven a la soledad del monográfico para echar una mirada a la música del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, a la banda sonora de las luchas y los sueños de libertad de la población afroamericana de los USA durante gran parte del siglo XX.

¡Bienvenidxs!

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La conocí tal día como hoy, un 15 de febrero, hace ¿cuánto? ¿16? ¿17 años? Ya ni me acuerdo… Pero fue un 15 de febrero, de eso no tengo la menor duda. Un 15. No un 14, como suele festejar el resto del mundo el amor. Por eso me acuerdo con tanta claridad. Fue un 15, no un 14 como han puesto de moda los moles y las transnacionales. No, no un 14. Un 14 habría tenido cierta gracia, lo reconozco, pero, la verdad, poco tiene que ver lo que yo siento con esas muestras de afecto que se hacen las parejas de enamorados cada 14 de febrero. Enamorados, qué terrible palabra. Poco tiene que ver lo que yo siento con flores, con joyas, con cenas en restaurantes caros. Poco tiene que ver lo que yo siento con tarjetas, con abrazos, con sonrisas cariñosas, con palabras amables que intentan borrar en un día la mediocridad de todo un año, de toda una vida. Poco tiene que ver lo que yo siento con esto. Lo que yo siento sólo se puede explicar desde el estómago y la garganta; desde algún lugar muy adentro de uno donde la rabia y el amor son lo mismo; desde algún lugar donde las cosas no tienen ni nombre, ni forma, sino que se sienten, se intuyen, se escuchan. Se cortan como con un cuchillo.

Ya les digo, yo, a mi gran amor, lo conocí tal día como hoy, un 15 de febrero, hace no sé cuántos años. Pero no se crean, aunque lo recordemos no solemos celebrarlo. No es ésta para nosotros una fecha señalada,  no es un motivo especial. Al menos no más que el resto de días del año. Para nosotros, para ella y para mí, todos los días son el primero. Para nosotros, todas las noches, la última.

Yo era muy joven cuando la conocí. Ella no tanto, aunque nadie lo diría al mirarla. Me quedaría corto si les cuento que me cautivó desde la primera vez, pero, ya les digo, más que mirarla la sentí, la escuché. El sonido de su voz me atravesó como un rayo. Supe, desde ese primer momento, que no habría ya para mí vuelta atrás, tregua, descanso. Clemencia. Supe, desde ese primer momento, que estaba condenado. A vivir.

Empezamos a quedar a escondidas, a espaldas de mis padres, a espaldas de todo el mundo, por eso del qué dirán: en parques solitarios, cuando caía la tarde; en la sección de discos de los centros comerciales; en antros tan de mala muerte que ni se molestaban en preguntar mi edad; en mi habitación, cuando no había nadie en mi casa. Y en cuanto ella se iba, cuando ella no estaba, yo me empezaba a morir por dentro.

No usaré frases tan ridículas como hacer el amor para describir lo nuestro, para describir lo que pasaba cuando estábamos juntos. Tormentas eléctricas, relámpagos, huracanes, tal vez. Emboscadas, peleas, batallas, guerras, probablemente. Montañas, acantilados, abismos, seguro. Aullidos, luz cegadora, oscuridad. La noche sin fin. Ni así consigo acercarme…

Todo se fundió a negro, por aquel entonces. Pasaba el tiempo, pero nuestra pasión no menguaba, al contrario, se volvía cada vez más acaparadora, cada vez más excesiva. No había nadie más, no había nada más que ella. Ni unos estudios que ignoraba, ni unos primeros trabajos que no me duraban más que semanas. Ni una familia que no me entendía. Ni amigos. Ni nada. Sólo estar con ella. Sólo estar dentro de ella. En cualquier lado. En todos lados. A todas horas. En la mesa de la cocina; en la calle, en la playa, en cualquier bar, en el probador de alguna tienda, en el autobús, en la universidad… Solos ella y yo; los días y las noches.

Intenté abandonarla alguna vez, en alguno de mis escasos momentos de cordura. Llevar una vida corriente, ser una persona decente, como quien dice. Tal vez un trabajo de oficina, de esos de saco y corbata; ser un padre de familia respetable; ir a misa los domingos, incluso; ver el partido en la tele con los aleros. Pero siempre volvía a ella, como un drogadito, como un yonqui. Siempre. Era parte de mí, casi mi naturaleza. Y ella nunca me lo echaba en cara. Me perdonaba cada vez. Me perdonaba siempre.

Y es que, ya se lo he dicho, desde el mismo día que la conocí supe que en esto no habría para mí vuelta atrás. No habría tregua ni descanso. No habría clemencia. Ni se daría, ni se pediría. No habría olvido posible, ni escapatoria, sino era a costa de perderme a mí mismo, de traicionarme, de renunciar a todo aquello que me convierte, precisamente, para bien o para mal, en lo que soy.

Y es que, ya se lo he dicho, desde el mismo día que la conocí yo no he podido, en ningún momento, dejar de amar… la música.

Hola a todos y a todas. Están escuchando una nueva edición de La música es la clave, el programa sobre música con conciencia, sobre música como arma cargada de futuro, de la CCET Radio, la emisora online del Centro Cultural de España en Tegucigalpa, sonando este miércoles 15 de febrero, Día de No San Valentín, de 3 a 4 de la tarde. Les saludan los perpetradores de este proyecto de agitación mental y desobediencia afectiva que es La música es la clave, esto es: Andrés Papousek en los controles y Adrián Bernal al guión y al micro, quienes se complacen enormemente, incluso podríamos decir que estamos emocionados, si es que nosotros pudiéramos tener emoción alguna, de tener en el estudio a la principal, y probablemente única, banda de psycofolk, de la escena musical hondureña. Sí, han vuelto y sí, están acá. Simón!

¡Bienvenidxs!

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Escuché eso de que Robert Johnson había muerto como a principios del otoño del ’38, creo… En realidad, había escuchado tantas veces que Robert Johnson había muerto que ya ni prestaba atención a los rumores ¿sabe?: enfermo de los pulmones, o por la sífilis, o en una pelea de bar… Siempre lo mismo, y siempre acababa apareciendo, tarde o temprano, vivito y coleando, como se suele decir… Pero parecía que aquella vez, la del otoño del ’38, iba en serio…

Me lo contó Sonny Boy Williamson. Él tocó con Robert aquella noche en aquel tugurio cerca de Greenwood, Misisipi. Alguien hizo llegar a los músicos una botella abierta. Nunca hay que beber de una botella abierta, ¿sabe? Puede llevar cualquier cosa. Así que Sonny Boy se la quitó de las manos a Robert y la estrelló contra el suelo. “Como vuelvas a hacer eso te mato”, le dijo Robert a Sonny, y cuando llegó la segunda botella, claro, nadie impidió que se la bebiera.

Robert se empezó a encontrar mal a mitad del concierto, me contó Sonny Boy. Parece que el maldito dueño del local le había echado estricticina al whisky. No hay nada peor que un marido celoso, y Robert no se cortaba un pelo coqueteando con las mujeres de otros ¿sabe? Robert ni siquiera acabó la actuación, se marchó del local, aunque no tardaron en encontrarle en mitad de la calle, inconsciente. Aún así, el veneno no le mató, pero parece que sí lo hizo una neumonía que agarró poco después, cuando todavía estaba casi sin fuerzas.

Eso es lo que me contó Sonny Boy Williamson, señor. Así me enteré de que Robert Johnson había muerto en algún lugar cerca de Greenwood, en agosto del ‘38, con apenas 27 años…

Pero, la verdad, yo tengo mis dudas… ¿Tiene un cigarrillo? ¿No? Lástima…

Yo acompañé a Robert Johnson hasta aquel cruce de caminos ¿sabe? Me quedé atrás, mientras él hablaba con aquel hombre vestido de azul. Sé que es difícil de creer, con todo lo que se ha escrito después sobre Robert y todo eso, y que no se sepa algo así, ¿verdad? Pero nunca se lo dije a nadie. Tampoco nadie me hubiera creído. Pero me hago viejo, y creo que empiezo a comprender las cosas. Yo se lo cuento. Usted verá qué hace con todo esto…

 

Yo acompañé a Robert Johnson aquella noche, le digo. No alcancé a oír lo que hablaba con el hombre de azul, pero le escuché cantar después, casi aullando a la luna, cuando el otro ya se había ido. No sé si vendió su alma al diablo, como cuentan que hizo. Yo al menos sí lo hubiera hecho, vender el alma al diablo, digo, a cambio de cantar y tocar así. Pero yo no creo en el diablo ¿sabe? Como aquel viejo loco de Son House, que dejó el blues y se escondió durante treinta años, por miedo a que la muerte fuera a por él por tocar música prohibida. No. Yo no creo en el diablo. Creo que el diablo somos nosotros mismos. No sé quién era el tipo de azul, ni qué hablaron aquella noche, pero, en todo caso, si Robert Johnson perdió su alma no fue por venderla al diablo. Se la dio al blues. En mano. Y no pidió nada a cambio. Creo que eso es lo que provocaba ese escalofrío al escucharle. Había cruzado la línea. Él mismo se había hecho blues. Y cómo va a morir el blues.

El blues es sobrevivir a la muerte ¿sabe? Es cantar desde un pozo sin fondo. Agarrarse a las canciones como si te fuera la vida en ello. Y a veces te va. El blues, señor, es un barco de esclavos cruzando el océano; un campo de algodón en Alabama; los amigos colgando de los árboles allá en el sur. El blues es una jornada de trabajo tras otra en las fábricas de Chicago o Detroit; un gueto en Los Ángeles o en Nueva York; las palizas de la policía; el crack en los barrios más pobres del país más rico del mundo. El blues, señor, es resistir; apretar los dientes; dejar de ser esclavo. El blues es que la música siga sonando aunque al día siguiente se acabe el mundo. Incluso aunque el mundo se acabe hoy mismo. Cómo va a morir el blues, si el blues es caminar; si el blues es ser libre al fin; si el blues es luz en la oscuridad. Cómo va a morir el blues, señor, si el blues no es otra cosa que vivir…

Yo he visto a Robert Johnson ¿sabe? No soy más que un viejo músico de blues. Tal vez demasiado viejo. Tal vez haya tomado demasiado durante una vida demasiado dura. Tal vez al final también me haya vuelto loco, como Son House, como tantos otros… Pero yo he visto a Robert Johnson. Quiero decir, después de 1938. Varias veces: tocando en algún bar de mala muerte; o de polizón en algún tren hacia ninguna parte; o vagabundeando por las calles de pueblos cuyos nombres ya ni recuerdo… Estaba cambiado, casi irreconocible, pero era él, ¿sabe? Lo supe por sus ojos. Y cuando comenzaba a cantar. Entonces no había duda posible. Él me reconoció, por supuesto, mirándome con esa sonrisa que siempre tuvo, esa expresión suya de estar más allá de todo, de ser indestructible.

Se lo conté a algunos de los chicos, pero nunca me hicieron mucho caso, se reían con una risita nerviosa, o cambiaban de tema, o se enfurecían conmigo… Hasta me dejaron de llamar para los conciertos, así que dejé de decir que había visto a Robert Johnson, y todos se calmaron, pero en el fondo creo que ellos también lo sabían, que siempre lo supieron, pero les daba miedo, o vergüenza, porque no quisieron o no pudieron cruzar la línea, no pudieron llegar hasta donde él había llegado… Y ¿sabe? cuando les decía que había visto a Robert Johnson la mayoría ponía la misma cara de pánico que usted tiene ahora…

Pero no me haga mucho caso… No soy más que un viejo músico de blues, y ya no sé ni qué me digo…  ¿Me invitaría a otro trago? Gracias.

Y volviendo a su pregunta, sí, escuché eso de que Robert Johnson había muerto allá por otoño del ‘38.  Pero, sinceramente, tengo mis dudas…

En este miércoles 8 de febrero los perpetradores de este proyecto de agitación mental que es La música es la clave, esto es, Andrés Papousek en la parte técnica y un servidor, Adrián Bernal, al guión y al micrófono, nos encontramos livianos y felices ambos por una reciente venta de nuestras respectivas almas a un señor vestido de azul que casualmente pasaba por la Cuarta Pared del Centro Cultural de España en Tegucigalpa (a cambio de favores varios que no vienen al caso…), y, sobre todo, estamos livianos y felices por contar en el estudio de la CCET Radio con la presencia de otra panda de desalmados: Memo Rosales, a la guitarra; Foncho Ramos, al bajo; y Aarón Escoto a la batería. Royal Blues.

¡Bienvenid@s!

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En el programa de esta semana, retransmitido en vivo y en directo no desde el estudio, como es habitual, sino desde el mero Centro Cultural de España en Tegucigalpa, como hacemos cada primer miércoles de mes, los perpetradores de este proyecto de agitación mental que es La música es la clave, a saber: Andrés Papousek, a los mandos, y un servidor, Adrián Bernal, al micro y al guión, tenemos el placer de contar con la presencia de los músicos Nelsón Pavón y Yankel Dickerman, con quienes platicaremos durante esta hora y que, además, nos interpretarán en vivo algunas de sus composiciones.

¡Bienvenidxs!

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