Programa 19 (15 febrero 2012)

Publicado: 15 febrero, 2012 en Uncategorized
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La conocí tal día como hoy, un 15 de febrero, hace ¿cuánto? ¿16? ¿17 años? Ya ni me acuerdo… Pero fue un 15 de febrero, de eso no tengo la menor duda. Un 15. No un 14, como suele festejar el resto del mundo el amor. Por eso me acuerdo con tanta claridad. Fue un 15, no un 14 como han puesto de moda los moles y las transnacionales. No, no un 14. Un 14 habría tenido cierta gracia, lo reconozco, pero, la verdad, poco tiene que ver lo que yo siento con esas muestras de afecto que se hacen las parejas de enamorados cada 14 de febrero. Enamorados, qué terrible palabra. Poco tiene que ver lo que yo siento con flores, con joyas, con cenas en restaurantes caros. Poco tiene que ver lo que yo siento con tarjetas, con abrazos, con sonrisas cariñosas, con palabras amables que intentan borrar en un día la mediocridad de todo un año, de toda una vida. Poco tiene que ver lo que yo siento con esto. Lo que yo siento sólo se puede explicar desde el estómago y la garganta; desde algún lugar muy adentro de uno donde la rabia y el amor son lo mismo; desde algún lugar donde las cosas no tienen ni nombre, ni forma, sino que se sienten, se intuyen, se escuchan. Se cortan como con un cuchillo.

Ya les digo, yo, a mi gran amor, lo conocí tal día como hoy, un 15 de febrero, hace no sé cuántos años. Pero no se crean, aunque lo recordemos no solemos celebrarlo. No es ésta para nosotros una fecha señalada,  no es un motivo especial. Al menos no más que el resto de días del año. Para nosotros, para ella y para mí, todos los días son el primero. Para nosotros, todas las noches, la última.

Yo era muy joven cuando la conocí. Ella no tanto, aunque nadie lo diría al mirarla. Me quedaría corto si les cuento que me cautivó desde la primera vez, pero, ya les digo, más que mirarla la sentí, la escuché. El sonido de su voz me atravesó como un rayo. Supe, desde ese primer momento, que no habría ya para mí vuelta atrás, tregua, descanso. Clemencia. Supe, desde ese primer momento, que estaba condenado. A vivir.

Empezamos a quedar a escondidas, a espaldas de mis padres, a espaldas de todo el mundo, por eso del qué dirán: en parques solitarios, cuando caía la tarde; en la sección de discos de los centros comerciales; en antros tan de mala muerte que ni se molestaban en preguntar mi edad; en mi habitación, cuando no había nadie en mi casa. Y en cuanto ella se iba, cuando ella no estaba, yo me empezaba a morir por dentro.

No usaré frases tan ridículas como hacer el amor para describir lo nuestro, para describir lo que pasaba cuando estábamos juntos. Tormentas eléctricas, relámpagos, huracanes, tal vez. Emboscadas, peleas, batallas, guerras, probablemente. Montañas, acantilados, abismos, seguro. Aullidos, luz cegadora, oscuridad. La noche sin fin. Ni así consigo acercarme…

Todo se fundió a negro, por aquel entonces. Pasaba el tiempo, pero nuestra pasión no menguaba, al contrario, se volvía cada vez más acaparadora, cada vez más excesiva. No había nadie más, no había nada más que ella. Ni unos estudios que ignoraba, ni unos primeros trabajos que no me duraban más que semanas. Ni una familia que no me entendía. Ni amigos. Ni nada. Sólo estar con ella. Sólo estar dentro de ella. En cualquier lado. En todos lados. A todas horas. En la mesa de la cocina; en la calle, en la playa, en cualquier bar, en el probador de alguna tienda, en el autobús, en la universidad… Solos ella y yo; los días y las noches.

Intenté abandonarla alguna vez, en alguno de mis escasos momentos de cordura. Llevar una vida corriente, ser una persona decente, como quien dice. Tal vez un trabajo de oficina, de esos de saco y corbata; ser un padre de familia respetable; ir a misa los domingos, incluso; ver el partido en la tele con los aleros. Pero siempre volvía a ella, como un drogadito, como un yonqui. Siempre. Era parte de mí, casi mi naturaleza. Y ella nunca me lo echaba en cara. Me perdonaba cada vez. Me perdonaba siempre.

Y es que, ya se lo he dicho, desde el mismo día que la conocí supe que en esto no habría para mí vuelta atrás. No habría tregua ni descanso. No habría clemencia. Ni se daría, ni se pediría. No habría olvido posible, ni escapatoria, sino era a costa de perderme a mí mismo, de traicionarme, de renunciar a todo aquello que me convierte, precisamente, para bien o para mal, en lo que soy.

Y es que, ya se lo he dicho, desde el mismo día que la conocí yo no he podido, en ningún momento, dejar de amar… la música.

Hola a todos y a todas. Están escuchando una nueva edición de La música es la clave, el programa sobre música con conciencia, sobre música como arma cargada de futuro, de la CCET Radio, la emisora online del Centro Cultural de España en Tegucigalpa, sonando este miércoles 15 de febrero, Día de No San Valentín, de 3 a 4 de la tarde. Les saludan los perpetradores de este proyecto de agitación mental y desobediencia afectiva que es La música es la clave, esto es: Andrés Papousek en los controles y Adrián Bernal al guión y al micro, quienes se complacen enormemente, incluso podríamos decir que estamos emocionados, si es que nosotros pudiéramos tener emoción alguna, de tener en el estudio a la principal, y probablemente única, banda de psycofolk, de la escena musical hondureña. Sí, han vuelto y sí, están acá. Simón!

¡Bienvenidxs!

http://www.ivoox.com/musica-es-clave-19-15-febrero_md_1051692_1.mp3″
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