En La música es la clave de esta semana, con Adrián Bernal al guión y al micro y German Barahona en la mesa de sonido, aprovechando su paso por el Centro Cultural de España en Tegucigalpa para el toque del sábado 23 de junio tuvimos la suerte de contar en la CCET Radio con la presencia de Vieja y Dros, guitarra y voz, respectivamente, de la banda salvadoreña Adhesivo, con quienes platicamos sobre sus trabajos, su trayectoria, sus planes y, claro está, su música.

Sin más ni menos arrancamos.

¡Bienvenid@s al ska de la gente!

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Se llamaba Rodney King, y se murió este domingo pasado. No era un gran tipo, en realidad. Tampoco necesariamente un mal tipo, quiero decir, tuvo una vida difícil y todo eso pero, vamos, nada que ver con Malcom X, con el reverendo King, con Rosa Parks, con Angela Davis, con Mumia… Nada que ver… Y aún así se convirtió en un símbolo, cuando su único logro fue tener la mala suerte de toparse con aquellos chepos racistas. Rodney King no era un gran tipo, es cierto, ya lo sé, tenía antecedentes por robo con violencia, conducción bajo los efectos del alcohol y otras cosas. No era un gran tipo, pero si lo comparas con otros tipos, repito. Con tipos y tipas muy grandes. Rodney King era un hombre que vivió como casi todo el mundo, como pudo, como le permitió este sistema que asfixia a los de abajo, después de todo. No era tan diferente de vos, o de mí. Ya había cumplido su condena ¿no? Y, vale, la cagó aquella noche: no hizo caso de las señales de la policía, se saltó semáforos, tal vez iba tomado… ¿Pero justifica eso la paliza que le pegan? He visto el vídeo, hermano, le revientan a palos, le meten descargas eléctricas, le hacen mierda. Y un chaval lo graba todo. Y aún así en el juicio, al año siguiente, un jurado compuesto únicamente por blancos rechaza todas las acusaciones de abuso de autoridad, uso excesivo de la fuerza o agresión racista de la fiscalía, y de la opinión pública, sobre los policías, todos igualmente blancos, menos un hispano. Y cómo no iba a convertirse en símbolo Rodney King, después de aquello. Después de aquello el sur de la ciudad de Los Ángeles se incendia como pocas veces había visto la sociedad estadounidense. Se incendia con la chispa de la paliza a Rodney King y el fuego se alimenta con el odio de siglos de racismo, de esclavitud y de pobreza; y tanto el odio como el fuego, una vez prenden, no entienden ya nada de reivindicaciones o de política, simplemente queman y devoran, hasta que no queda nada, ni siquiera ellos mismos.

En el programa de esta semana de La música es la clave, tomando como punto de partida el reciente fallecimiento, el pasado domingo 17 de junio, de Rodney King, aquel taxista negro apaleado por la policía de Los Ángeles, Estados Unidos, el 3 de marzo de 1991, revisamos, como siempre con la música como hilo conductor, los importantes disturbios que tuvieron lugar en esta ciudad californiana, especialmente en los barrios pobres, guetos azotados por el desempleo y la pobreza, sobre todo durante la dura crisis económica de los años ’80, y por un racismo y una brutalidad policial seculares; revisamos, pues, aquellos disturbios que estallaron de forma incontrolable, durante algunas semanas al menos, el año siguiente a aquella paliza, como consecuencia de un fallo judicial que dejaba absolutamente impunes a todos los implicados.

Así que, sin más ni menos, arrancamos.

Bienvenid@s a aquel 29 de abril de 1992.

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En La música es la clave de esta semana replicamos lo mejor del concierto que Nelson Pavón y La Facultad Incendiaria ofrecieron el pasado sábado 9 de junio en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa: reggae, cumbia, rock y mucha actitud contestataria en este nuevo y prometedor proyecto musical hondureño.

¡Bienvenidxs!

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“El desaparecido es una incógnita. No está”, dice Videla en una rueda de prensa. No está. No es nada, excepto un desaparecido, dice, como quien recita el catecismo sin entender bien bien de qué está hablando. Algo de religioso, sí que parece que tiene un desaparecido, de misterio, casi. Casi ubicuo, tal vez. No está pero está. Está más allá de lo humano, entonces. Desapareció un día, así sin más, se lo llevó un rayo, un huracán, un disparo de nieve, como cantaba Silvio. ¿Y a quién responsabilizar, si el desaparecido decidió desaparecer una mañana, si nadie sabe, si nadie vio, si nadie oyó? ¿Acaso, como pensaba Videla, los argentinos no eran derechos y humanos? ¿Acaso no había que sacar al país del caos? ¿A la región del caos? ¿Acaso no miraba satisfecho el primer mundo esos experimentos de fascismo de mercado y libre comercio en América Latina? ¿De quién es la culpa, entonces? ¿A quién se le ocurre en aquellos tiempos que corrían, en estos tiempos que corren, desaparecer? El desaparecido está y no está, parece que dice Videla en la rueda de prensa, como si la culpa fuera del desaparecido, como si la culpa fuera de la desaparecida. Como si la cosa no fuera con él…

El desaparecido no está. O está y no está. No recuerdo dónde miré ese vídeo. Tal vez sólo lo escuché. Puede incluso que yo mismo lo pusiera, en algún otro programa de radio. No me acuerdo. Qué importa, de cualquier manera, no consigo quitármelo de la cabeza. No puedo dejar de oír su voz, esa voz como de basurero cinco minutos antes que pase el camión. Esa sonrisa de zopilote. Esos ojos de no haber visto nunca amancer. El desaparecido está y no está. Y el ser humano tampoco está. Igual que no pueden existir a la vez, dice Videla, desaparecido y persona, no pueden existir al mismo tiempo torturadores y personas, asesinos y personas, gente que hace desaparecer a otra gente y personas. Al final, absurda paradoja, lo único que queda es la negación de todo, no ya personas, queda nomás el que hace desaparecer y el desaparecido. Y al que hace desaparecer, y a quien le da la orden, la queda el dudoso privilegio de haber inventado algo peor que la muerte.

Déjame escuchar este tango de Piazzolla, mientras hablamos. Mientras hablamos no de quien hizo desaparecer. De esos ya se habló mucho, a ellos ya les ajustaremos las cuentas, ya les ajustaremos la memoria. Déjame escuchar a Piazzolla. Déjame hablar de quienes olvidamos.

No sé por qué me acuerdo ahora de una vieja canción, creo que nos viene de maravilla, decía algo así como: Los amigos del barrio pueden desaparecer / Los cantores de radio pueden desaparecer / Los que están en los diarios pueden desaparecer / La persona que amas puede desaparecer / Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire / Los que están en la calle pueden desaparecer en la calle / Los amigos del barrio pueden desaparecer / Pero los dinosaurios van a desaparecer.

Hola a todos y a todas. Están escuchando una nueva edición de La música es la clave, el programa sobre música con conciencia, música como arma cargada de futuro de la CCET Radio, la emisora online del Centro Cultural de España en Tegucigalpa sonando a través de la url http://www.ccet-aecid.hn. Después de algunas semanas sin programa retomamos con fuerza micrófono y mesa de sonido, aunque esta vez el plural es una forma de hablar, ya que les saluda solo ante el peligro Adrián Bernal al guión, al micro y al control técnico hoy miércoles 6 de junio, en vivo y en directo. El programa de esta semana lo dedicamos a repasar a través de la música uno de los episodios más terribles del siglo XX, los desaparecidos por las infames dictaduras fascistas de América Latina que tuvieron lugar especialmente en el Cono Sur, pero no únicamente, pues con mayor o menor intensidad, tanto en Suramerica como en Centroamérica, o incluso en el Caribe, se replicaron dichas prácticas en los años ’70 y ’80, en el marco de la llamada Operación Cóndor.

Así que, sin más ni menos, arrancamos. Dejen la memoria ahí, donde se olvida el olvido, para que el verdugo sepa que a donde vaya yo lo sigo.

¡Bienvenidxs!

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«A fines de los años cincuenta llegó la new thing, que para nosotros fue la liberación de los sonidos. También lo llamaban “free jazz”, por el título del álbum de Ornette Coleman, pero las etiquetas eran cosas de blancos. Criticábamos hasta la palabra “jazz”, para nosotros era “la música”, y punto. Ornette llega a la ciudad con su saxo de plástico, y junto con él, Don Cherry con esa trompeta ridícula, una Conn de 1889 que parece que la hubiera arrollado un tren, los pistones siempre a punto de saltar. Hacía rato que tíos como Cecil Taylor montaban el pollo, pero fue el cuarteto de Ornette en el Five Spot lo que nos destapó los oídos…

Parecía una pelea entre perros, más bien los instantes previos a una pelea entre perros, los puedes oír a la vuelta de la esquina y te imaginas lo que ocurre, los dueños que tiran de las correas y llaman a los perros, y estos que muerden el aire, quieren saltar el uno sobre el otro, se retuercen, gruñen, ladran, babean, y las voces de los dueños regañándolos, haciendo ejercicio con los bíceps, hablan a los perros como si fueran humanos pero en el fondo no se la creen, recitan, en realidad están orgullosos de la fuerza y de los cojones de sus bestias, sonríen bajo el bigote…

Después del cool aparecieron los nuevos boppers, los “duros”, y ellos no tenían problemas, hacían honking, Trane también, aunque había tocado Rhythm & Blues. Los bramidos de Trane barrieron con el jazz de señoritingos en la West Coast, gente como Stan Getz, Shorty Rogers… Para mí ése es el sonido de la Creación. Es primordial. Si Dios existe, tiene que ser un honker viejo estilo, tipo Bull Moose Jackson, Eddie Chamblee, Jim Conley, Wild Bill Moore… Estoy seguro, tiene un traje blanco reluciente y toca un saxo tenor…

Mejor dicho, es probable que lo hagan a posta, que pasen cerca de otro perro cada vez que pueden, para divertirse. Así era la nueva música al principio: el saxo de Ornette y la trompeta de Don Cherry eran los perros, ellos llevaban las riendas de la música pero dejaban que los ladridos la invadieran, la transformaran de punta a rabo. Prestando atención, allí dentro oías el bop, oías a Bird y Diz, Monk y Miles, y más atrás oías a Duke, y Satchmo, y Jelly Roll con toda la Basin Street, y también Buddy Bolden, que nunca nadie lo ha oído tocar, y los spirituals, el gospel de las iglesias baptistas, el blues del Delta, el pacto con el diablo de Robert Johnson, los chorros de saliva de la armónica de Sonny Boy… Aún más atrás y aún más adentro oías la esclavitud, algo quebrado, el último redoble de tambor antes de que tu antepasado fuese capturado y cargado en un barco, oías a los negros cabreados… Claro que estaban cabreados: el escenario del Five Spot estaba justo delante del retrete, casi siempre atascado. Difícil ignorar el tufillo de la mierda, man

El 57, año del “despertar espiritual” de Trane. Miles lo echa del grupo porque iba colocado y colgado todo el tiempo. Trane decide cortar por lo sano: deja de picarse de buenas a primeras, se mete a hacer “pavo frío” en Filadelfia encerrado bajo llave en un cuarto. Luego lleva a su familia a Nueva York, graba con Monk y empieza a tocar con él en el Five Spot. Las primeras noches le cuesta, las pasa moradas, pero poco a poco mejora, mejora aún más y al final, joder… Al final es indescriptible…

Monk era Miguel Ángel, esculpía el aire, quitaba todo lo que no se asemejara a la música que tenía en la cabeza. Esos acordes que no entendías lo que eran, las notas que parecían jugar al escondite y asomaban detrás del piano para sorprenderse mutuamente, y Trane entendía, con los solos completaba las esculturas, hacía despuntar un brazo, una pierna. Como un sonar, las notas rebotaban sobre objetos invisibles y revelaban sus contornos. De noche me perdía en esos espejismos, dormía como mucho tres horas pero estaba en la gloria, me ponía a trabajar y no se me escapaba nada, coño, el mundo pendiendo de un hilo…

En nuestra música había demasiadas cosas para un solo par de oídos. El mar que separa de África, caracola en la oreja y escucharla allí en el fondo, África, y los cats in the street se transforman en leones, panteras, guepardos que se comen el jazz de los blancos, carroña con el cogote desgarrado volcado en la sabana. Cecil Taylor, enorme macaco, machacaba el piano con las cuatro manos. Albert Ayler, tromba de aire que embestía el funeral de Nueva Orleans. Cuando se lanzó Trane los cats fueron detrás y él fue por más, y llevó todo más allá

 

He cambiado de nombre tantas veces. Fui “africano” y “negro”, que en español se entiende pero no en inglés. Luego fui “de color”. En los años veinte volví a ser “negro” pero con mayúscula. “Negro”. Sólo que los blancos no pronunciaban “nee-grow” sino “nigrah“, que sonaba casi como “nigger” y tenía que esperar hasta la segunda sílaba para saber si me estaban insultando. Por otro lado, “nigger” era una deformación de “negro”. ¿Cómo se traduce “nigger” en italiano? “Negro”. ¿Y cómo se traduce “negro”? “Nero”. Pues eso, que es un follón. A mediados de los sesenta me convertí en “black”: “Say it loud, I’m black and I’m proud!” En español siempre había sido de ese color, pero en inglés era distinto. Aceptar lo negro de la piel y del pelo, superar el complejo de inferioridad: “es bello ser black”. Con todo, a veces me llamaba “afroamericano” o “africano americano”. Los blancos no tenían ni idea, cómo tenían que llamarme. Aparte de “nigger”, claro. Tampoco los hermanos, ni siquiera ellos sabían cómo llamarse: los viejos eran “de color”, los de media edad o clase media eran “Negros”, los más jóvenes y militantes eran “blacks” o “afromericanos”. Mientras tanto, entre nosotros seguíamos llamándonos “nigger”, es más, “nigga”, pero no como cuando lo dice un blanco. O mejor dicho, a veces sí y a veces no. Es un follón, hombre, ya te lo he dicho. Hoy hay quien me llama “africano de la diáspora”, o “africano” y punto. Después de cuatrocientos años, el círculo se cierra.

Trane tocaba cada nota de blues como si Dios la llevara en palmas, y pensar que los críticos blancos -y todos los críticos eran blancos- lo definían “anti-jazz”. Junto a Miles ya se había lanzado en las improvisaciones modales, a la Kind of Blue, improvisaban librados de las habituales progresiones de acordes, libres, después Trane formó el cuarteto “clásico”: él al saxo, McCoy Tyner en el piano, Jimmy Garrison al bajo, Elvin Jones en la batería. La mejor máquina musical que jamás haya visto en acción. Al final traspuso las notas, de su saxo salían rebuznos aullidos chillidos mugidos rugidos ladridos, Madre Naturaleza se quitaba de encima la música de los blancos con sus coqueterías de mierda. Nuestra música eran las voces de los babuinos y de los macacos, era un gibón que grita colgado en la rama. El jazz libre

Hola a todos y a todas. Están escuchando una nueva edición de La música es la clave, el programa sobre música con conciencia, sobre música como arma cargada de futuro, sobre música, en definitiva, libre de la CCET Radio, la emisora online del Centro Cultural de España en Tegucigalpa, sonando a través de la url http://www.ccet-aecid.hn, como cada miércoles, de 3 a 4 de la tarde.

En el programa de esta semana, realizado por un servidor, Adrián Bernal, también hoy a los mandos de la mesa de sonido, repasamos uno de los periodos, aunque breve, más intensos de la historia de la música contemporánea, el free jazz, el jazz libre o, como lo llamaban sus más acérrimos seguidores: The New Thing, la cosa nueva. Esta New Thing, este jazz libre, fue para la población afroamericana de los Estados Unidos el equivalente musical del Black Power en lo político y social: un discurso radical, sin concesiones, en búsqueda franca y total de la libertad de y para un pueblo oprimido durante siglos por el hombre blanco.

Tenemos que comentar que la mayoría de los textos que aliñan este programa no son de cosecha propia, como es habitual, sino que están tomados de la novela New Thing, del colectivo Wu Ming (que siginifica literalmente, “anónimo”), un experimento de autoría colectiva y conocimiento libre nacido en Italia a principios de este siglo XXI y heredero del proyecto Luther Blisset, un personaje múltiple bajo el que se esconden cientos de acciones contraculturales llevadas a cabos por decenas de actores diferentes en todo el mundo, especialmente utilizado en la segunda mitad de los ’90 dentro del contexto del movimiento antiglobalización.

Sin más ni menos arrancamos.

¡Bienvenid@s!

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21 de mayo de 1981. Jamaica entierra a Bob Marley con honores de Estado. En el ataúd, junto a su cuerpo, una Biblia y una guitarra: imagen casi perfecta para describir aquello que Marley intentó expresar a través de sus canciones. Religión y música; fe y resistencia; esperanza y revolución. Al mismo tiempo es también ésta una imagen casi perfecta para entender las contradicciones de una figura que cada día está más cerca del mito que de la realidad; más próxima al profeta redentor que al rude boy, al chico de barrio, que con su talento escapa del gueto y –no es poco– se salva a sí mismo.

Tras un mes que se nos ha hecho eterno, en el dique seco a causa de motivos varios, volvemos de nuevo, por fin, a la acción y regresamos con las baterías más que cargadas el equipo del programa (esto es: un servidor, Adrián Bernal, al micro y al guión, como siempre, y no Andrés Papousek, quien anda ya por los Buenos Aires y a quien echaremos, echamos, muchísimo de menos, no Andrés Papousek, entonces, sino German Barahona, quien a partir de ahorita es el mero mero en la mesa de sonido de La música es la clave y otros programas de la CCET Radio).

El programa de hoy lo dedicamos a repasar las canciones y la figura de uno de los grandes, sin duda, de la historia contemporánea; un artista imprescindible para entender el último medio siglo de música popular y contestataria: Robert Nesta Marley, Bob Marley, de quien el próximo día 11 de mayo se cumplirán 31 años de su muerte. Arrancamos con la rola “Rebel music (3 o’clock roadbloack)”, del disco Natty Dread, de 1975. Pues eso mismo, parafraseando esta canción: música rebelde, en la barricada a las tres. Cada miércoles. Esto es La música es la clave. Y sin más ni menos, arrancamos.

Bob Marley está en la casa.

¡Bienvenid@s!

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«Maleta, la mínima. Cámara, casco y chaleco. El vuelo Madrid-Malta cuesta 80 euros. Más barato que un fin de semana en la playa.

Dos días más tarde aterrizamos en La Valeta con ese número de teléfono y la garantía de que la recomendación que llevo bajo el brazo nos asegura, al fotógrafo Ricardo García Vilanova y a mí, una plaza en un barco con destino a la ciudad sitiada.

Esperamos una semana rodeados de mochileros frente al Mar Mediterráneo. El hostal, barato, a 10 euros por noche. Pese a las miradas furtivas y las conversaciones irónicas y siempre entrecortadas con un par de turistas suecas vecinas de habitación con las que compartimos varios desayunos, nuestra fijación por las noticias de Al Jazeera puede más que la posibiidad de descocarse. Caen pizzas y cervezas, y dejamos pasar los días domesticando la ansiedad mientras caminamos por la ciudad con el ordeandor bajo el brazo, buscando cafés con wifi en los que engancharnos durante horas a cualquier información que salga de Misrata. Al Twitter rebelde o al Facebook de algunos fotógrafos y periodistas como André Lion y Alberto Pradilla, que duremen en el hospital de la ciudad y cuentan, en 140 caracteres o a través de lacónicas actualizaciones, el horror en el que viven. Del que casi todos, a estas alturas, esperan salir cuanto antes. Ni quieren oír hablar de alargar su estancia para encontrarse con nosotros. El mismo barco que nos meta a nosotros en la ciudad les sacará a ellos. Somos el relevo.»

Hola a todos y a todas. En este miércoles 28 de marzo, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y canciones de trinchera que es La música es la clave, esto es, Adrián Bernal, al guión y al micro, y Andrés Papousek, en los controles, tenemos la suerte de contar en el estudio con la presencia del periodista Alberto Arce, autor, entre otras cosas, de To shoot an elephant, el documental sobre la operación Plomo Fundido, los bombardeos sobre la Franja de Gaza por parte del ejército israelí durante enero del año 2009 (que proyectamos esta semana en el Centro Cultural de España en Tegucigalpa dentro del Ciclo de Cine Creative Commons), o Misrata calling, libro sobre sus experiencias como freelance y periodista empotrado con los rebeldes durante la reciente Guerra de Libia, y con el que abrimos el programa de hoy.

Así que, sin más ni menos, arrancamos.

¡Bienvenidxs!

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Escucha el programa en el reproductor que está justo arriba de estas líneas o descárgatelo aquí (botón derecho sobre el enlace y “guardar enlace como”).

Hay quienes, para ser escuchados, callan.

Hay quienes, para ser vistos, se tapan la cara.

Hay quienes, para ser nombrados, renuncian al nombre.

Hay quienes, para llegar lo antes posible a destino, caminan a paso de caracol.

Esta historia comienza el día de Año Nuevo de 1994, en el sureste de México. En ese 1 de enero entra en vigor el llamado Tratado de Libre Comercio de América del Norte, o NAFTA, por sus siglas en inglés, que relaciona económicamente a Estados Unidos, Canadá y México. Como todos los Tratados de Libre Comercio de la historia, éste, el de la nuestra, está afectado por un pequeño problema: de libre tiene poco. O al menos no es libre en todas las direcciones. Como casi siempre, la libertad se ejerce, básicamente, desde arriba hacia abajo. En otras, palabras, este Tratado de Libre Comercio de América del Norte da libertad a los países ricos para hacerse más ricos, mientras empobrece todavía más a los pobres, perpetuando, aunque con flamantes nombres nuevos, unas relaciones de desigualdad que, al menos en esta parte del mundo, existen desde cinco siglos atrás. Cinco siglos que los indios americanos –que ni eran indios ni se llamaban así mismos americanos, antes de la llegada de los europeos- denominan “la larga noche”. Y para acabar con la noche, ya hemos hablado de esto en varias ocasiones, hacen falta chispas.

La chispa de esta historia no es nueva ni reciente; la llama de esta historia no se apagó, continuó viva, durante años y años, pero, por empezar en algún momento, digamos que esta chispa prende el mismo día que entra en vigor el Tratado de Libre Comercio; ese mismo 1 de enero de 1994, en la región mexicana de Chiapas, en el sur del sur de esa América del Norte. Un grupo de indígenas se alzan en armas contra el ejército mexicano, contra el NAFTA y contra todos esos siglos de pobreza, de desprecio, de invisibilidad. Y para ser visibles, ocultan su rostro; para ser nombrados, renuncian a sus nombres. Todos somos Marcos, dicen. Todas somos Ramona. Para todos todo. Tras semanas de escaramuzas con el ejército mexicano, la lucha armada irá dando paso a nuevas formas políticas, a un nuevo zapatismo que, desde las reivindicaciones de siempre, y a pesar de todos sus fracasos, ha sabido construir nuevos espacios, físicos pero también simbólicos, nuevas realidades y posibilidades en un mundo cada vez más gris y con menos alternativas. Nuevos sueños para soñar, y nuevas músicas para tocar.

 

Casi un siglo después de su muerte, quién lo iba a decir, Zapata seguía vivo, en la selva.

En el programa de esta semana, los perpetradores de este proyecto de agitación mental e insurgencia sonora que es La música es la clave, esto es: Adrián Bernal, al guión y al micro, y Andrés Papousek, en la mesa de mezclas, viajamos, como sólo la radio permite viajar, hasta el departamento mexicano de Chiapas para ponerle banda sonora a uno de los movimientos fundamentales para entender las luchas sociales que han tenido  lugar durante las últimas décadas: el zapatismo, movimiento que si bien en sus orígenes comenzó aproximándose, al menos en forma, a la tradición marcada por las guerrillas latinoamericanas que fueron apareciendo a lo largo del siglo XX, pronto se destapó como un proceso nuevo, como una nueva manera de reescribir la utopía a partir de unas reivindicaciones históricas negadas por el poder durante siglos a sangre y fuego. Mucho más cercano a los movimientos sociales que a la lucha armada, el neozapatismo, que arranca con el levantamiento del EZLN, Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, el 1 de enero de 1994, marcó el comienzo de una serie de protestas y movilizaciones en todo el mundo que, contra la globalización de la economía, abogaban por la globalización de las resistencias, mezclando lo local con lo internacional, recuperando lo social como eje de lo político y amalgamando sensibilidades como nadie hacía desde los movimientos revolucionarios de los años ’60 y ’70.

Así que sin más ni menos arrancamos.

¡Bienvenidxs!

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Todo incendio comienza con una chispa. No necesariamente toda chispa acaba en incendio, cierto. Pero algunas chispas sí se convierten en llamas, pasan a ser fuegos y resultan, finalmente, incendios.

La chispa que enciende esta historia salta en la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos, el 25 de marzo de 1911, hace ya más de un siglo. Esa chispa, sin duda, fue finalmente incendio. Y es que hay incendios difíciles de apagar. Algunos incendios son accidentales, otros provocados. Algunos incendios arden en sentido figurado, en otros el fuego no tiene nada de metafórico, otras veces lo literal y lo literario van de la mano. Esos son los que más calor dan.

En los incendios a veces se queman cosas, otras veces edificios -como el mercado de Comayagüela, por ejemplo-, otras veces se queman personas, éstas últimas casi siempre víctimas -como en el penal de Comayagua el pasado febrero-; pero también a veces las personas son verdugos de ellos mismos, en un desesperado y último acto de dignidad, como los monjes bonzo, prendidos en llamas, prendidos en llamas y aún así aguantando la postura del loto hasta prácticamente desaparecer en el fuego, en sus protestas contra la invasión de los USA en la guerra del Vietnam; o como Mohamed Bouazizi, el joven tunecino que se inmoló a finales de 2010 como forma de protesta contra la dictadura en su país, contra la falta de oportunidades, contra la violencia cotidiana de la policía y el estado, y con su muerte encendió la primavera, la árabe y la de otras partes, e incendió la rabia de todo su pueblo, rabia que, como la pólvora, recorrió el norte de África, Oriente Medio, Europa, América, el mundo…

No es esta historia un intento de reivindicar el sufrimiento o el martirio de nadie, ni mucho menos. Es tan sólo una reflexión sobre cómo, a veces, las cosas necesitan, para bien o para mal, tanta luz para salir de la oscuridad que arrasan con todo a su paso. Pero eso no es más que la chispa, en realidad. Lo que dure la luz, lo que dure la llama, dependerá de lo que hagamos a continuación del incendio; dependerá de si lo dejamos morir o de si lo avivamos para que incinere toda injusticia, toda desigualdad, toda falta de libertad.

En el caso del incendio que nos ocupa, este incendio del 25 de marzo de 1911 en Nueva York, también se incendiaron varias cosas al mismo tiempo: se quemó un edificio, una fábrica de camisas, en concreto, y en ese incendio murieron 146 trabajadoras, la mayoría jóvenes, la mayoría inmigrantes, la mayoría pobres. Todas mujeres. En un momento de incipiente pero ya intensa lucha de las mujeres por sus derechos este incendio fue la chispa que alimentó el fuego durante más de un siglo de caminar tras la igualdad, la justicia y la libertad. Luego vendrían más chispas, más fuegos, más incendios. Con este texto intentamos humildemente realizar un más que merecido homenaje a las mujeres que encendieron el fuego, y a las que mantienen la llama encendida. Llama que hasta día de hoy sigue viva, por mucho que haya quien la quiera apagar.

 

En el programa de esta semana, emitido en vivo y en directo no desde el estudio sino desde el mero Centro Cultural de España en Tegucigalpa -como es habitual cada primer miércoles de mes-, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y boicot sonoro a las buenas costumbres, lo políticamente correcto y, en general, las palabras amables que es La música es la clave, esto es, Adrián Bernal, al guión, el micro y los cócteles molotov en formato audio que son las rolas que pinchamos; y Andrés Papousek, en la parte técnica, controlando el fuego, manejando la mesa de mezclas como si fuera el carro de Mel Gibson en Mad Max, como los bomberos de Fahrenheit 451, dedicándonos a avivar, a través de la música, cualquier incendio que implique ser y sentirnos un poco más libres cada día, tenemos el enorme placer de contar en la CCET Radio con la presencia de una de las voces más potentes, por su forma de cantar y por su discurso, de estas Honduras, Karla Lara, con quien platicamos sobre música y luchas sociales.

Así que, sin más ni menos, arrancamos con el incendio de hoy.

http://www.ivoox.com/musica-es-clave-22-7-marzo_md_1096341_1.mp3″

¡Bienvenidas!

Se murió Spinetta ¿sabés? De un cáncer. De pulmón, creo. A principios de febrero. 62 años, tenía. No es que fuera un chaval pero, che, siempre se van los mejores… Todavía le quedarían canciones entre las cejas, estoy seguro. Hoy en día con 62 años ya no es uno tan mayor, casi se puede decir que es una edad de oro para un músico, para un intelectual, como era él… En fin, qué lástima, siempre se van los mejores… Ya se podía haber muerto cualquier otro, no sé, Menem, por ejemplo, en vez del Flaco, digo yo… Míralo, tendrá ya más de 80 años el viejo y ahí sigue, haciendo política, o lo que sea que haga… Ya se podía haber muerto él, en vez de Spinetta…

 

Qué relación de ideas más rara hice, ahora que lo pienso ¿no? Quiero decir, no sé por qué he pasado del Flaco a Menem, la verdad… Del rock a la política… Qué tendrá que ver… Me parece que soy yo el que ya está un poco viejo… Al final será verdad que los años pasan, y pesan, ya lo creo… Aunque, por otro lado, tal vez no sea tan raro, ¿no? Pasar de Spinetta a Menem, digo. Del rock a la política. El rock fue un poco una forma de hacer política, durante todos aquellos años. Había pocas más. Antes de Menem, con las dictaduras militares, las Juntas, todo eso, me refiero. El rock fue nuestra forma de soñar, de sacarle luz al gris en el que vivíamos ¿verdad? Qué buenas bandas. Qué buenos toques. ¿Te acordás? Sui Generis, Almendra, Pescado Rabioso, Los Abuelos de la Nada, Serú Girán, Gieco, García… Parecía que, a pesar de todo, se podían cambiar las cosas, ¿verdad? Que nosotros podíamos cambiar las cosas, a pesar de los tiempos que corrían, que se podía salir de aquella mediocridad, que había algo, al otro lado, que merecía la pena. Y los ’80, a pesar de la guerra, a pesar de todo ¿recordás la intensidad de los ’80? Todo era nuevo. Sobre todo la música. Sin duda la música era política, entonces, me doy cuenta ahora. Hacía tiempo que no pensaba en eso, pero ahora, con los años, lo veo más claro. Parecía que podíamos cambiar las cosas, ya lo creo. Y al final cambiaron, ¿verdad? Al final lo logramos…

¿Cómo? Ehhh, sí, en realidad tenés razón… Al final las cosas cambiaron, pero poco tiempo. Sí, ahora que lo pienso, lo cierto es que nos mintieron, nos engañaron. Del todo. Y no sólo gente como Menem, ¿verdad? Aunque al principio puede que le doliera a algunos, tal vez esperaban otra cosa de él, tal vez se creyeron el cuento; pero en cierta forma a Menem se le veía venir, aunque lo del indulto fue terrible. Lo del indulto fue terrible, sí, pero le reeligieron, ¿verdad? De qué nos vamos a quejar después, si a Menem lo reeligieron, lo reelegimos. No, yo no le voté, es una forma de hablar. Pero, bueno, a Menem se le veía venir, al menos yo siempre pensé eso. Pero antes de él, con Alfonsín, ¿acaso Alfonsín no nos engañó, también? Sí, se engañó a sí mismo, puede ser. Pero sobre todo nos engaño a nosotros. La verdad, nos han engañado siempre, creo. Todos. Y así nos va. Sí, ahora estamos mejor que hace diez años, eso seguro, no te lo voy a negar. Pero ¿por cuánto tiempo? Yo ya no me creo nada, si te soy sincero, ya estoy viejo para pendejadas. Ahora nos va mejor, sí, pero ¿cuánto tardaremos en tener otro Corralito? Bueno, igual exagero, puede ser, no sabría decirte, pero mira la crisis actual. No sé, no sé…

Hablando del Corralito, ¿te acordás de lo que se gritaba en las manifestaciones, entonces? El pueblo no se va, gritaba la gente, a pesar de las cargas y los disparos de la policía. El pueblo no se va. Qué lindo, ¿verdad? El pueblo no se va, que se vayan ellos, decían, decíamos. Sí, estuve en alguna que otra pero, vamos, ya te digo, es una forma de hablar, la costumbre… Que se vayan todos. Creo que esa frase resume a la perfección la historia reciente de este país ¿sabés? Puede que la historia de todos los países. Que se vayan todos. Ya lo creo.

 

Sí, que se vayan todos. Y no regresen. Que se vayan todos.

Pero que nos devuelvan a Spinetta, carajo

http://www.ivoox.com/musica-es-clave-21-29-febrero_md_1078979_1.mp3″

Hola a todas y a todos. Después de zambullirnos la semana pasada en la música del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, los perpetradores de este proyecto de agitación mental y guerrilla sonora que es La música es la clave, esto es: un servidor, el Camarada Bernal, combatiendo cuerpo a cuerpo al guión y al micrófono, y el Subcomandante Papousek, responsable de artillería y de mesas de mezclas, se complacen en regresar a la Pampa para retomar el monográfico que comenzamos allá por el mes de enero sobre rock argentino.

Así que, sin más ni menos, retomamos esta historia aproximadamente donde la dejamos.

¡Bienvenidxs!